Ya está. Llegó para quedarse. Es el “efecto miners” en la política y nos acompañará por un buen tiempo.
Pienso esto mientras veo en plena vía pública londinense a un grupo de gringos que se dirigen a una fiesta de disfraces, todos muy bien caracterizados tras varias capas de maquillaje. Se aprecian un par de personajes locales y también otros más globalizados. Entre estos últimos, se cuentan el Hombre Araña, Superman y por supuesto el infaltable homenaje póstumo a Michael Jackson. Pero en medio del grupo están quienes visten el disfraz más popular del momento: son 2 fieles dobles de los “chilean miners” yendo a la fiesta, con overol, casco y banderas chilenas incluidas.
Difícilmente hemos acabado de visualizar la magnitud de las repercusiones de este caso. Aún así, resulta razonable que el capital político generado por una solución feliz y acertada a esta cuasi tragedia se utilice por el gobierno para el beneficio público de los chilenos, partiendo probablemente por una mejora inmediata a la legislación y fiscalización de las condiciones laborales de los trabajadores. Es el momento para hacerlo, pues ningún poder fáctico, por gigantesco que sea, podría en estas circunstancias oponerse con éxito a una moción mayoritaria en este sentido.
Pero subyace aquí una pregunta. El ya famoso video “Sebastián, No lo Muestres”, en que se aprecia a la Primera Dama pidiéndole a su marido que por favor no exhiba una vez más la réplica del mensaje de los mineros frente a la prensa, la ilustra muy claramente: ¿hasta qué punto y cómo resulta adecuado usar ese capital político?. Es una discusión que llegó incluso a la alcoba presidencial, luego bien vale la pena darle unos segundos.
¿En qué medida la providencial sobrevivencia de los mineros fue el propósito en sí, y en qué medida fue sólo una externalidad positiva de un proyecto que pretendía más bien apuntalar la entonces alicaída popularidad del gobierno?
En este contexto puede ayudarnos recordar que en Chile se construye hace 20 años una muy añorada Democracia. Si nos quedamos con el sufragio popular episódico como condición suficiente para la Democracia, no habría problema con que el Presidente (quien ya ha estado en el negocio) lance una tarjeta de crédito “Miners Club”, o que se caracterice para la próxima fiesta de disfraces.
Pero el cultivo de la Democracia no se queda en el sufragio, sino que nos invita a la par a un cultivo del civismo y de un estándar moral superior en la ciudadanía toda. La belleza de la Democracia está precisamente en seducir con la nobleza de un proyecto colectivo de sociedad mejor particularmente a quienes podrían ser presas fáciles de un discurso populista.
Y ese es precisamente el cedazo por el cual Piñera hoy no pasa, y que genera incluso la molestia de su esposa. Para volver a la nomenclatura bancaria, resulta evidente el sobregiro en que incurre el Presidente, acercándose peligrosamente al uso populista de una situación que legítimamente emocionó y unió a buena parte del mundo entero.
Una de las fortalezas que Chile ha podido mostrar en el escenario internacional es precisamente su seriedad y estabilidad política e institucional, con relativa escasez de recursos cortoplacistas y facilistas como los populismos.
Ese capital chileno de largo plazo, dedicadamente construido durante años, atrae por sí solo bastante más inversión que los discursos facilistas o las rocas-obsequio catalogadas como “pisapapeles” por la prensa extranjera.


