La propuesta de liceos de excelencia tiene potenciales consecuencias positivas y negativas.
Partamos por lo positivo: la propuesta tiene un potencial efecto democratizador de las elites. Juntar a los mejores alumnos de los las escuelas públicas con los mejores profesores y equipos directivos, todos ellos en un ambiente de excelencia, puede permitir que estos alumnos entren a las mejores universidades del país (efecto Instituto Nacional). Seguramente sin esta medida muchos de ellos ya entrarían, pero otros no, y sabemos lo poco diversas que son las universidades de más prestigio de nuestro País. Dada la pequeña escala de la elite chilena, si, por ejemplo, como producto de esta medida entraran cada año, provenientes del sector municipal, 300 alumnos más a la Universidad de Chile y Católica, aquello tendría un impacto significativo en el futuro del País.
Los aspectos negativos son múltiples, parto por uno que ha estado presente en el debate. La propuesta aumentará la ya vergonzosa segregación de nuestro sistema educacional. El Gobierno una y otra vez nos ha tratado de convencer que esta medida no significará un deterioro del resto del sistema, pero esto no resiste ningún análisis. Los recursos que se asignarán a estos liceos bien podrían asignarse a los liceos más vulnerables, ese es el verdadero costo de oportunidad de la medida.
Por otro lado, la propuesta tiene un alto costo asociado el que por diseño es desproporcionado respecto a los beneficios. La razón es muy simple, por cada alumno beneficiado hay entre 30 y 40 afectados. Para dar buena educación a uno se baja la calidad de los 30 que se quedan en el colegio que no es de excelencia, los cuales pierden recursos (al menos potencialmente), pierden al mejor alumno del curso, o bien pierden al mejor profesor. Parece poco lógico que para lograr un efecto valioso pero en un grupo tan pequeño, tengamos que afectar a todo el sistema.
Hay también un problema de economía política: concentrar los mejores alumnos con los mejores profesores puede dar una falsa sensación de avance (medido por ejemplo en qué porcentaje de los alumnos de liceos de excelencia entran a las universidades de mayor prestigio). Mejorar a menos del 5% y empeorar de paso al 95% restante puede dejar una sensación de que hemos resuelto el problema de la educación pública, si de lo que se habla es de los éxitos de ese 5%. Los liceos de excelencia constituyen una política sumamente atractiva para cualquier gobierno populista, dan la posibilidad de tener resultados en el corto o mediano plazo, en un área en la que estamos frustrados como país y en la que cuesta mucho avanzar, pero conllevan un costo en el resto del sistema el cual será difícil de cuantificar y por lo mismo no será tema en el debate público.
Por último, cabe preguntarse si es posible desarrollar una política pública que tenga un efecto positivo similar (mas estudiantes de liceos en las Universidades) pero sin los altos costos asociados. Pienso que es posible.
Desde hace unos 5 años, producto de un trabajo conjunto entre las federaciones estudiantiles y el Mineduc de la época, se han llevado a cabo una serie de planes pilotos cuyo fin ha sido permitir la entrada de los mejores alumnos de los liceos municipales (el 5% de mejor rendimiento), aun cuando estos tengan puntajes inferiores a lo de corte. Dado los buenos resultados de estos alumnos, y en buena hora, el actual Mineduc parece decidido a ampliar el alcance de esta medida, también las Universidades. No es el objeto de este artículo discutir esta política en detalle, pero cabe señalar que ampliar el alcance de esta medida puede tener el mismo resultado que los liceos de excelencia, pues permitiría incrementar las probabilidades de que un buen alumno de un liceo llegue a una buena universidad, pero sin aumentar la segregación, ni concentrar recursos económicos y pedagógicos en estos alumnos.
La democratización de las elites es un tema pendiente en Chile y resulta clave para su desarrollo futuro. Sin embargo, no debemos avanzar hacia ella a cualquier costo. Es posible hacerlo con una sana mezcla de políticas de corto y largo plazo, sin nunca sacrificar el sello final que le queremos dar al sistema escolar: la igualdad.


